SIESTA
El viento extenuado de la tarde
ha removido esas hojas secas que son
la medida universal de platino e iridio
de nuestra memoria.
En el fondo de un estanque de aguas limpias
están los cuentakilómetros, las anfetaminas y las estridencias
como los insectos prehistóricos en gotas de ámbar.
Los gorriones picotean las migas de pan,
y las visiones vertiginosas de los tubos de neón
son, ahora, una llovizna antigua que nadie recuerda.
El balanceo de la hamaca tiene color de otoño
y el crepúsculo llega con un curioso vaivén
que me hace asentir a todo
como diciendo: “Sí, es verdad”
aunque sea mentira.
En este porche colonial todas las siestas son de otro siglo
y los pequeños sueños inacabados
son las toperas que minan el atardecer.
Si os digo que sé predecir vuestro futuro
me diréis que soy un...